Entorno Por moderadorblog - Lunes 11 de febrero del 2013

La información es poder: ¿Qué sucede cuando puedo perder poder por ella?

Vivimos en la sociedad de la información. La información reduce la incertidumbre en una decisión y el riesgo en la ejecución. Poseer información que nuestros rivales no tienen nos pone en una situación de ventaja. Aventurarse a crear o implementar una estrategia, sin haber investigado (sin contar con información previa) es lo mismo que hacer una apuesta. La información es poder.

Todo ello lo hemos oído en múltiples ocasiones, y la gran mayoría de quiénes estamos de alguna manera vinculados al ambiente empresarial, ya sea desde la academia o desde la práctica, compartimos mucho del tenor de las frases, y pocos serán quiénes discrepen con el sentido final de las mismas, que se resume en lo vital de tomar decisiones desde una base objetiva, que se genera justamente en un análisis (que pretendemos exhaustivo) de cuanta información esté disponible.

Dicho esto, sin embargo: ¿por qué seguimos tomando decisiones sin información?

En el análisis y toma de decisiones profesional (que descarta el desconocimiento de su importancia, la pereza y desidia, la improvisación y la impulsividad), se me ocurren al menos 03 posibles razones (02 bastante obvias) para explicar por qué muchos ejecutivos siguen aventurándose a la toma de decisiones sin un real análisis previo. Válido es también que todas ellas en conjunto, considero dignas de probarse y cuantificarse, y que podríamos refinarlas:

Por (exceso de) confianza: nos basamos en nuestra experiencia, o peor aún, intuición. Considerando la cantidad y grado de variables fuera de control en la mayoría de decisiones que nos competen, esto es bastante arriesgado. La impericia se disfraza de pericia, y “decidimos” que buscar información que nos ayude a aclarar el panorama es poco práctico, innecesario, irrelevante, ineficiente. No lanzaría una cifra, pero deben existir más fracasos registrados por esta postura, que éxitos rotundos. La suerte, sin embargo, es un factor indeterminable, y aboga en favor de quiénes emprenden esta ruta.

Por los (sobre) costos: la información puede que sea inexistente como tal, o inaccesible en alguna medida, pero siempre encontraremos algunos datos, y su procesamiento tendrá unos costos que confrontados con el beneficio de contar con un panorama más claro, pueden superar nuestra capacidad de afrontarlos, o ser económicamente inviables para la decisión en sí misma, y por ello soslayamos el ejercicio de recopilación y adecuación de la data. Es un escenario posible, y excusa en una razón económica el hecho de no emprender algún esfuerzo de búsqueda de información previa a una decisión. Aunque esto se da muchas veces en la realidad, siempre hay formas económicamente viables de reducir la brecha de desinformación, y por tanto, no justifica del todo descartar tal esfuerzo.  Rescato el análisis costo-beneficio de obtener o no la información, y aunque arriesgado, es un riesgo calculado: siempre seremos conscientes en un eventual fracaso, que pensamos a priori en reducir ese mismo riesgo, y asumimos descartarlo.

Por miedo: este es el punto en el que me gustaría ahondar. ¿Qué sucede si yo como decisor sé que con una investigación previa a mi decisión, es muy probable que mi hipótesis (mi proyecto, mis objetivos planteados, mi nuevo lanzamiento, mi nuevo programa de desarrollo) se vea palidecer ante unas evidencias que hoy, en ausencia de información, no se ven nítidas, reales? ¿Tendré el mismo apoyo de mis superiores, colegas y equipo a cargo, si una investigación cuantifica los riesgos y desdibuja mi posición? ¿Prefiero ser visto como un líder que asume riesgos (no cuantificados aún), o como alguien cauto y reservado - conservador en su accionar – que sólo hace apuestas con cierto grado de seguridad? Muchas veces el ego, los objetivos personales y de corto plazo enturbian nuestro marco decisional, y decidimos empujar grandes ideas y proyectos, que creemos pueden dar réditos tanto a la organización como a nosotros como ejecutores de los mismos, a sabiendas que una adecuada cuantificación de las posibilidades y riesgos, podría hacer que quiénes depositan su confianza en nosotros, le dieran una segunda lectura al cuadro que presentamos.

Semanas atrás cuestionaba a mis alumnos sobre la importancia de la eficiencia versus la eficacia. En el punto álgido del debate, se hizo evidente que el éxito profesional se lograba mediante altos niveles de eficacia (superación sostenida de objetivos) antes que por un eficiente uso de los recursos asignados (en extremo optimista, con cumplimiento magro de esos mismos objetivos). Personalmente privilegio la eficacia sobre la eficiencia: la segunda es en sí misma una meta subordinada a la primera; pero también pienso que para lograr mayor eficacia, es clave un adecuado análisis que clarifique riesgos y oportunidades, y nos aleje del fracaso.

No caigamos en la tentación de soslayar la información, por miedo a que la misma eche por tierra nuestros planes y objetivos. Seamos exhaustivos en el retrato de la situación y su análisis, para que aún con multitud de variables en contra, podamos diagnosticar un camino adecuado para nuestra organización, e incluso poder decidir con solvencia, qué batallas luchar y cuáles no, y todavía mejor, qué batallas posponer para cuando la información nos diga que ha llegado el momento de asumir esos riesgos, y vencerlos.

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