Resulta inusual empezar la reseña de una novela –que, en el caso de este libro será, inevitablemente, también un elogio- diciendo que entre sus virtudes destaca el que sea muy fácil de leer. Pero conforme se van recorriendo las páginas de El Sueño del Celta salta a la vista que este es un libro escrito para que empiecen a amar la lectura los que antes no gustaban de ella. Otras novelas hacen gala de erudición, sofisticación y cierto hermetismo que abona a favor del aire de misterio y el espíritu de círculo cerrado que inspiran a sus lectores (textos para “convencer a los convencidos”); este libro no. La más reciente novela de Mario Vargas Llosa está escrita con un estilo tan depurado que el lector más neófito va disfrutando la lectura de un lenguaje llano y suave, que lo conduce con soltura por un viaje (muchos viajes, en realidad) fascinante y que a cada párrafo lo deja con ganas de leer más y más. ¿Qué, ya pasaron cien páginas? Este artificio de sencillez requiere, por supuesto, de una técnica artística monumental para inspirar y exponer ante el lector toda la pasión y el significado que contiene la narración de las peripecias de su protagonista sin caer en un solo momento de lentitud, ni una sola arista donde se encuentre un bache que impida un disfrute total del libro.
Pero además, este portento literario tiene la virtud de ser capaz de comunicarse a su mismo nivel con el lector más informado y experto. Para quienes leímos a los diez años la vida de Livingstone, nos enamoramos de esa visión romántica sobre la colonización de África, leímos luego con apasionamiento a Henryk Sienkiewicz, Henry Ridder Haggard y nos compramos el “espíritu civilizador” del hombre occidental de Cinco Semanas en Globo, de Julio Verne; pero luego fuimos conociendo la otra visión, la de la explotación, la esclavitud y la destrucción de las comunidades nativas a lo largo de África, y que sentimos cómo nuestro desencanto de ahondaba al leer a Joseph Conrad, a Wole Soyinka –el primer Premio Nobel africano, en 1986-, y que constatamos a través de libros como Bury my heart at Wounded Knee, de Dee Brown, que la misma suerte había sido sufrida por los pueblos nativos en Norteamérica y en todo el mundo bajo el influjo de la codicia del Colonialismo; para quienes han leído todo eso, este libro también se adapta a ellos de tal forma que uno no puede evitar sentir que se ha pasado la vida preparándose para leer y disfrutar de El Sueño del Celta.
No en vano estamos ante la obra de plenitud de un premio Nobel, que es capaz, en los breves momentos en que describe los escenarios de la revolución libertadora irlandesa de 1916, de escribir sobre Dublín con una familiaridad y frescura joyceana y que es capaz de retratar con unas pocas frases la personalidad y el espíritu de pueblos de geografías muy diversas mejor de lo que han logrado hacerlo muchos de los mejores literatos procedentes de dichos lugares.
La otra sensación que se va construyendo a lo largo de la lectura del libro es el estremecimiento; porque mientras Vargas Llosa relata las atrocidades del Colonialismo y la tragedia que espíritus nobles y virtuosos como el de su héroe Roger Casement vivieron ante él, de repente una sola palabra o breve frase, magistralmente colocada en el texto, nos hace estremecer pensando si acaso existe diferencia entre todo eso y el mundo en que vivimos hoy. ¿Cuál es la diferencia entre la ciudad de Iquitos de 1910, sumisa frente al imperio de la fuerza de los caucheros de Julio César Arana, y la que hoy ve tambalear su economía ante los vaivenes del negocio de la producción y tráfico de drogas? ¿Dónde está el matiz entre el martirio del valiente cacique bora Ketenere del Putumayo y el de Ken Saro-Wiwa, el líder de la resistencia del pueblo Ogoni, difamado y asesinado “legalmente” por el gobierno de facto de Nigeria deseoso de mostrarse favorable a los intereses de las empresas petroleras que siguen devastando la cuenca del Níger? ¿En qué se diferencian los terribles reportes del irlandés Roger Casement sobre las atrocidades cometidas en el Congo y la Amazonía a comienzos del S. XX y el informe del inglés Lord Saville sobre la matanza de civiles inocentes en Derry, Irlanda, el 30 de enero de 1972, a manos de tropas inglesas? ¿Qué matiz hay entre el negocio del caucho en 1910 y el de los “diamantes de sangre” en 2010? ¿Hemos dado en todo un siglo si quiera un paso hacia la “paz universal” de la que habló Kant?
¿Está el espíritu descubridor del ser humano motivado por su curiosidad natural o por la codicia? ¿Ansiamos encontrar mundos nuevos para inspirarnos y amar lo que es diferente o para ver si hay algo allí que nos podamos robar con impunidad? Existe una escena al inicio de la película 2001 Una Odisea del Espacio, de Stanley Kubrick, durante la parte denominada “El amanecer de la humanidad”: después que el líder de los australopitecos (africanus, afarensis, robustus, boisei, qué más da) descubre (al son de la música de Richard Strauss) que el hueso fémur de los animales puede ser usado como un arma contundente, aparece llamando al resto de su manada a descubrir –y conquistar seguramente- tierras nuevas y lanza simbólicamente dicho hueso hacia ellas. En ese momento, la toma en cámara lenta del hueso volando por el aire se congela y cambia a la de una nave espacial, de forma y proporciones muy similares, que avanza por la inmensidad del Cosmos en pos de nuevos descubrimientos. Se trata de un paralelo simple y crudo, pero fascinante y descarnado. El sueño del Celta es una profunda invitación a la misma reflexión y, pese a todo, una respuesta esperanzada basada en la afirmación de la honestidad y el valor moral de hombres como Roger Casement y muchos otros que recorren sus páginas recordándonos que lo mejor la humanidad es tan o más real que lo más oscuro y mezquino a lo que puede llegar su ser.
Reseña del libro, por José Agustín Ortiz Elías, Director de Calidad Educativa de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).




Excelente reseña de José
Excelente reseña de José Agustín. Es muy cierto, para empezar, cuando afirma que este libro está hecho en un lenguaje que invita a leer a todos. Siendo profusamente documentado, se trata de una lectura ágil, que permite no sólo recrearnos sino también aprender historia. Y esa historia también comprende la historia del abuso y la explotación del ser humano, que, como bien señala José Agustín, es atemporal y universal. Un libro que es altamente recomendable.