Comunicación e Imagen Empresarial Por blogfacultadcomunicaciones - Lunes 4 de junio del 2018

Odio, luego existo

El texto del profesor Oviedo busca dar ciertas luces sobre el por qué de la hostilidad que satura nuestras interacciones digitales.

Por: Sebastián Oviedo (pcimsovi@upc.edu.pe)

Los seres humanos no somos ajenos al conflicto. Por lo tanto, no es de extrañar que lo hayamos llevado con nosotros a surcar la web. Sin embargo, lo que llama la atención es la intensidad y visceralidad con la que se manifiesta entre los internautas. Basta con revisar los comentarios cada vez que se hace alguna publicación que se considere controversial: insultos, calumnias, discriminación y ataques personales. Un buen ejemplo de la toxicidad e ignorancia con la que se convive en redes se puede encontrar en la siguiente recopilación de comentarios sobre la muerte de Eivy Agreda, una joven quemada por su acosador en un bus público en el distrito de Miraflores en Lima.

Si nuestro comportamiento online fuese un reflejo de nuestro actuar offline, deberíamos vivir en un mundo anárquico y postapocalíptico. No obstante, salvo negligentes como el que se niega a detenerse con la luz roja, vivimos en una sociedad civilizada.

La disonancia se agrava cuando caemos en cuenta que son pocos los capaces de comportarse en público con la misma desfachatez que profesan en redes. Cuando semejante ser de leyenda, que no sabe distinguir cuándo está como anónimo en un foro de 4Chan y cuándo está en un lugar público, se manifiesta, se vuelve inmediatamente en espectáculo y objeto de las críticas de los justicieros de lo políticamente correcto (4chan es un tablón de imágenes. Dada su fuerte política hacia la libertad de expresión y el anonimato, se volvió cantera de distintos grupos de Internet, desde Anonymous hasta los Incel. A quien le interese conocer más, le recomiendo el siguiente video en el que su fundador comentando anécdotas sobre la página).

Pensemos, por ejemplo, en el reciente caso del abogado Aaron Schlossberg, quien fue captado en video cegado por la cólera al escuchar al personal de un restaurante en EE.UU. hablando en español. Sus argumentos viralizados pecan de ser reducciones prejuiciosas (y peligrosas) de la realidad, característica que, coincidentemente, define el tono de las conversaciones en la web (es un tema que amerita su propio artículo, pero de momento señalemos que una de las razones por las que es tan difícil conciliar el dialogo en Internet es porque normalmente todo se resume a dicotomías como “o eres femininazi o feminicida”; las cuales no se ajustan a la complejidad de la realidad). Sin embargo, si la misma verborrea virulenta hubiese aparecido en un foro en Internet, no hubiese ocasionado el mismo revuelo. No porque no lo merezca, sino porque esa conducta es extraña fuera de la pantalla, donde hubiese sido solo uno más de miles de comentarios desatinados, ignorantes e insensibles que se postean a diario.

Entonces, ¿qué tiene el ciberespacio que saca, muchas veces, lo peor de nosotros? Quizás podamos hurgar por una respuesta en el miedo a la insignificancia. La globalización cambió las reglas de juego, volviendo a los medios de comunicación en los ejes principales de la sociedad y erosionando agresivamente los límites entre la vida privada y pública. Está claro que los limites entre lo privado y lo público son cada vez más débiles; desde el momento en que aceptamos que nuestras publicaciones les revelen a extraños con quién estamos, dónde estamos y qué hacemos.

Se instauró así un culto al contenido, bajo el cual, si no publicas, no existes. Con ello, las redes lograron recordarnos las minucias que somos, gotas en un océano de más de 7,300 millones de personas (más de la mitad, internautas). De esta forma, se reactivó un viejo pavor compartido desde el antepasado que hizo la primera pintura rupestre hasta el púber palomilla que graba en el cemento fresco de la vereda “Pedro estuvo aquí”: el temor a pasar por este mundo sin dejar una huella, sin que nadie se entere de que llegamos y nos fuimos, sin que nadie sepa que no fuimos un grano de arena más.

¿Por qué resulta la ira el camino predilecto de muchos para combatir tal temor? Internet nos hizo conscientes de nuestro lugar en la masa insignificante y ocurre que hay dos cosas que se diluyen cuando se es parte de una masa: la responsabilidad (como bien sabrá cualquiera que haya tenido que hacer un trabajo en grupo) y la identidad (como bien sabrá aquel que tuvo muchos hermanos). Con respecto al primero, la dinámica digital está plagada de escapatorias de la responsabilidad. Por ejemplo: insultar a alguien en un foro nos libra de la culpa de verlo llorar.

Por otro lado, el rencor otorga identidad. Ya comentaba Umberto Eco que mientras que el amor es egoísta (tú y yo nos queremos y el mundo se acaba con nosotros), el odio “abraza en un mismo arrebato a inmensas multitudes”. El barrista no ataca al hincha del equipo contrario por lo que representa como individuo, sino porque conforma un antagónico a su identidad en el colectivo. De la misma forma, el odio en Internet es un camino fácil para dividir el océano entre los míos y los tuyos. De ahí que la web sea incubadora de fundamentalistas, nacionalistas paranoides y demás extremistas que, perdidos en una sociedad en transición, no encuentran mejor cura para el vértigo de la modernidad que aferrarse a ellos mismos mientras tratan de abrirse un camino a golpes.

Odio
(Imagen tomada de https://mikstone1.blogspot.com/2018/05/)

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